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Los aranceles, explicación sencilla

Todo lo que tienes que saber sobre los aranceles. Explicación fácil en 5 minutos.

Cuando escuchas que el precio de tus tenis favoritos subió o que ciertos productos desaparecieron del supermercado, probablemente no piensas en política internacional, pero quizás deberías hacerlo.

Cuando Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos, una palabra empezó a resonar con fuerza en los titulares económicos: Aranceles.

Su gobierno adoptó una postura firme hacia el comercio internacional, y puso sobre la mesa una política proteccionista basada en imponer impuestos a los productos importados.

Pero, ¿qué es un arancel? En esencia, es un impuesto que el gobierno aplica a bienes o servicios que ingresan al país desde el extranjero.

Su propósito principal suele ser proteger a los productores locales, encareciendo los productos importados para que los nacionales puedan competir en mejores condiciones. Esta política se le conoce como proteccionismo.

No se trata solo de proteger industrias. Hay al menos dos motivos adicionales detrás de los aranceles.

Por un lado, están los ingresos fiscales: en países donde los impuestos internos son bajos o donde el gasto público es elevado, los aranceles pueden representar una fuente rápida y significativa de dinero para el Estado.

Por otro lado, los aranceles también funcionan como herramienta diplomática. Algunos gobiernos los usan para castigar o presionar a otros países, sobre todo si estos practican lo que se considera “competencia desleal”, como manufactura con salarios muy bajos o normas ambientales mínimas.

Incluso existen aranceles de exportación, aunque son poco frecuentes. Su objetivo suele evitar que ciertos productos salgan masivamente del país y provoquen escasez interna o subidas de precio.

El desafío no está en usarlos, sino en saber cuándo, cómo y con qué fin aplicarlos. Porque los aranceles, bien empleados, pueden ser una defensa eficaz. Mal usados, solo aíslan y empobrecen.

El ejemplo más claro de su funcionamiento es el caso del mercado de calzado.

Imaginemos que empresas en Asia comienzan a exportar calzado deportivo a Estados Unidos a precios muy bajos, gracias a menores costos de producción. Las marcas locales no pueden competir y empiezan a perder terreno.

Para equilibrar el mercado, el gobierno decide aplicar un arancel del 15% sobre cada par de tenis importado. Como resultado, las tiendas suben el precio de ese calzado extranjero, lo que permite que los productos fabricados en Estados Unidos puedan competir en precio.

Esta medida da un respiro a los fabricantes locales: ganan tiempo para mejorar sus procesos, reducir costos y fortalecer su presencia en el mercado.

Sin ese arancel, muchas de estas empresas habrían cerrado, y el país dependería de importaciones en un sector que emplea a miles de personas.

Esta estrategia puede funcionar a corto plazo: protege empleos locales, fortalece ciertas industrias y le da ingresos al gobierno. Pero tiene efectos secundarios. Si el país afectado responde con aranceles propios, se puede desatar una guerra comercial.

Además, al reducir la competencia, las empresas locales pierden el incentivo para innovar, afectando la calidad de los productos y el bienestar general de los consumidores.

Esto se traduce en un mercado menos eficiente. Los precios suben, la demanda baja, y aunque algunos sectores ganan, la economía en su conjunto se resiente.

Los aranceles no son buenos ni malos por sí mismos. Son herramientas. Como toda herramienta, su efecto depende de cómo se usen y con qué visión a largo plazo. Porque proteger una industria hoy no siempre garantiza su supervivencia mañana.

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